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martes, 29 de diciembre de 2015

Palabras al Viento

Cuesta hablar, compartir... ¿El qué, con quién?

Los ojitos se cansan, arden y sin embargo siguen viendo desde el otro lado.

Ves sintiendo con horror la falsedad sobre-actuada de la inseguridad ignorada.

Ves sintiendo el miedo a inmiscuirte en la vida ajena, soportando los errores y sin sabores de los que actúan mecánicamente.

Y no dices nada. ¿Qué decir ante lo que no se sabe? Nada, y si lo haces, los oídos chirrían ante tanta estupidez inteligente. Llena de brillos y sonidos ricos pero de contenido vacío.

Nada cambia. Has gastado tu faringe, boca e intenciones para nada.

Me gustaría sentir, tanto, tanto, tanto, que necesitara muy pocas palabras para estar con la gente. Pero es extraño el sentir, porque puede ser tan diferente de un momento a otro como el verde del dorado.

Entonces, ¿cuál es el medio de comunicación más puro, más directo, más eficaz, menos cansado y menos frustrante?

El de la atención. Al menos así puedes saber en qué frecuencia estás tú y el interlocutor. Al menos no hay engaño, ni traición, ni desilusión, ni maldición.

Espacios prestados, regalados.

Tiempos dibujados y degustados con un sentido sólo parcial.

Es cómo si nos moviéramos a mitades, a cachitos,  y sólo  de vez en cuando sentimos con esa plenitud sabida, pero olvidada, y hoy no como, ayuno para darle un respiro al verbo y si éste quiere, vuelva a andar por las ciudades.
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