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sábado, 13 de diciembre de 2014

Lucía Crespo


Un Retrato
Sobre uno

¿Ver o no ver?
Lucía Crespo nació en Salamanca. Su desarrollo fue normal hasta los tres años. A esa edad se pegó un golpe tremendo y se le cruzaron literalmente los ojos. Se le cruzaron para atrás. Estuvo seis meses con los ojos en blanco.

Los padres se reprochaban el uno al otro el nombre que le habían puesto.

Te lo decía, ese nombre le iba a dar desgracia a la niña. Ya de pequeña me asustaba esa imagen de la santita con los ojos en el plato. No debimos llamarla así …
Ten fe mujer decía el padre. Ya se le pondrán en su sitio. No desesperes, la santa le protegerá y le dará visión, no te preocupes.

A Lucía no le importaban estos comentarios. Hacía vida normal e incluso le dio por contar historias sobre cavernas, cuevas, antros y una infinidad de casas oscuras, como ella decía. Desarrolló en un santiamén todos los demás sentidos, y la matricularon en el colegio para ciegos.

Los padres tenían fe, pero la educación era fundamental. Lucía se divertía contándoles a todos los demás niños sus historias oscuras. Unos la entendían, otros no.

A los seis meses, se pegó un ligero traspiés tropezando con un baldosín y, sin llegar a caerse, empezó a ver. Primero luz blanca, segundo luz roja, tercero verde. Ya está, el ojo derecho volvió a su lugar. Le dieron agua del Carmen para el mareo y a casa a descansar.

Descansó con unas vendas en los ojos y las antiguas gafas de la piscina para que no se le cayeran, a esa edad los niños se mueven mucho. Lucía odiaba las vendas y las gafas que se pegaban como ventosas a su cabeza. Las soportaba a gritos, no veía nada, ni siquiera sus adorables cavernas. Esto le ponía nerviosa y agresiva. A partir de ahí, Lucía empezó a hacerse la torpe tirando todo lo que encontraba a su paso.

Al mes le quitaron las gafas y las vendas. Su madre por poco muere del susto. Era verdad que tenía el ojo derecho en su sitio y el izquierdo para atrás. La niña, mirada desde la derecha, era normal; mirada desde la izquierda, era el vivo retrato de la santa. ¡Qué miedo daba!

—¡Qué problema tenemos! Dios mío. ¿Qué vamos a hacer con ella? ¿A qué colegio la llevamos ahora?
Tranquila mujer, si esta es toda tu preocupación, la seguimos mandando a la escuela Braily por las mañanas y a la escuela de los que ven "normal" después, para lo de las actividades extra+escolares.

Así fue cómo se educó Lucía. En el colegio de los libros con puntitos nadie la miraba mal. Era ella la que se asustaba cuando miraba con el ojo bueno. Aprendió a observarlos con el ojo malo, para que no le llamaran la atención. Sin embargo, en el colegio de pintar colores la miraban mal todos, hasta las señoritas. Ella se fabricó un parche pirata para mirar con el ojo con color.

Este ritmo lo aguantó hasta que tuvo trece años. A esa edad empezó a verse diferente. Empezó a no gustarle el juego de los parches.  Empezó a no querer ir de campamentos. Tendría que dormir allí y, quizá, unos u otros descubrirían que era rara por tener doble perspectiva y doble visión de las cosas, de la vida, de la gente. No era sencillo tener dos versiones de la propia vista.


A los quince era la reencarnación del complejo y de lo complejo. A los dieciséis ya había probado tres clases de terapias sin ningún resultado. Ella veía el doble que sus supuestos consejeros o ayudantes. Era una auténtica fiera en todo lo referente a la visión. Ella los veía simples y aburridos. No los podía creer aunque quisiera.

A los dieciocho, no sólo odiaba su nombre, también detestaba su apellido: Crespo. Eso era su vida. Medio ciega, vidente y muerta de incomprensión. El Crespo, para ella empezó a ser un crespón negro que la invitaba a morirse cada día.

A los veintidós se fue con los de la secta A la luz. Allí tuvo un susto de los gordos. Un día, en oración profunda, el ojo bueno se le quedó fijo hacia arriba y el otro le rodó proporcionándole información con imágenes de las miles de vidas de todos sus compañeros de secta. La Biblia, los Santos Evangelios, los reyes, reinas, eunucos, artesanos... Fue espantoso ver semejante evolución e involución. Lo contó y la echaron de la secta. En este tipo de organizaciones se admite a todo el mundo, menos a los que tienen visión y luz propia.

Búscate la vida, Lucía, este lugar es para no ver y tú ves demasiado. Asustas al resto de congregados.

Los padres la ayudaron una vez más. En esta ocasión lo hicieron con más discreción, no podían contar a ningún médico lo ocurrido, así que volvieron a recurrir al tropezón. Otra vez vendas y gafas con ventosa, ahora las de la playa. Otra vez la opresión en el cerebro. Primera vez que ella empezó a pedir ayuda a la santa. La santa se lo brindó amorosamente.

Lucía vivía con dulce amargura este estado. La dulzura la sintió el día que descubrió la belleza de sus sueños y la finura de los mismos. En sus fantasías empezó a conectar con sus cavernas infantiles. Allí veía a la santa y la santa la veía a ella. En sus sueños había colores de la tierra y del cielo. En ellos se encontraba el arte puro. La amargura era que sólo eran para ella.

Lucía desarrolló en sus sueños la capacidad de ver todo tipo de realidades. Las realidades miopes y las astigmáticas. No se lo dijo a nadie. Sabía que si hablaba la iban a ingresar en el psiquiátrico, así que se calló durante varios años.

Lucía enterró a sus padres. Los dos murieron de tristeza por la vida de su hija, y de culpa por haberle puesto ese nombre. En el entierro, ella se quitó las gafas. Al principio con dolor, al final con alegría. Volvió a su casa, se miró en el espejo y por fin pudo ver sus ojos

Eran grandes, de color marrón-azul intenso, perfectos.


Retrato con el que comienza 



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